Los Hermanos.
 

Así llamaba la gente a los pobres que pedían limosna recorriendo los pueblos. Nadie les llamaba “mendigos”, aunque algún atrevido sabihondo los denominaba MÉNDIGOS. Solían ser siempre los mismos y, por lo tanto, conocidos de  los vecinos. Era frecuente que los chavales que estaban en los caminos, fuera de casa, al verlos cuando aún estaban lejos, gritaban a los mayores: “ven ehí un HERMANO”, o si llegaba a la puerta de  casa sin haberlo advertido antes, llamaban la atención de los que estaban dentro: “eiquí está un HERMANO”. Todos sabían que “O HERMANO”era un pobre que pedía limosna; y las familias, de acuerdo con su generosidad y posibilidades, lo socorrían con ayudas generalmente en especie: comida o ropa usada. Cuando le daban dinero, la cantidad era escasa: “unha cadela ou un can”. Algunas familias le facilitaban lugar para pasar la noche, aunque fuese en el pajar o en la cuadra, cerca de las vacas, sobre todo cuando eran conocidos por ser habituales del recorrido.
Había algunos que programaban la ruta de forma que coincidiese su estancia en un determinado pueblo con la celebración de sus fiestas patronales, o con la temporada de las matanzas, conscientes de que esas circunstancias aumentaban la generosidad de las gentes. El recorrido lo hacían a pie, de pueblo en pueblo, pateando a lo largo de la cada temporada muchos kilómetros. Si coincidía algún tramo de carretera, intentaban viajar gratis, en los coches de línea o de  ferias, lo que solían conseguir fácilmente, abusando de la generosidad del “revisor”, precedida, algunas veces, de la graciosa petición de O HERMANO, como era el caso DO PARROMAO, así llamado por ser vecino de Pradomao, en el Municipio de Parada do Sil, que él no pronunciaba correctamente, por algún defecto innato.
           

 
 
   
   

 

 
   
   
   
   
   
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